lunes, 12 de octubre de 2009

Un detective indiferente II: los quebraderos de cabeza


Es día de visita de los servicios sociales, de que llenen la nevera para un par de jornadas, de que pongan cara de sorpresa y condescendencia al ver la casa de un paralítico impoluta.
Siempre acaban soltando unos cigarros con media sonrisa, como si estuviesen concediendo tres deseos a un muerto de hambre.
Hernán dice que todos los días son el mismo, pero no es más que pose de hijo único.

Suele poner música hardcore a todo volumen mientras, Sara, la chica del reparto hace la ronda; por acojonarla un poco desde cuarenta centimetros más abajo de sus tetas. Cuando se vuelve a quedar solo apaga la música y llama a Julian para preguntarle por algún trabajo. Siempre se trata de patéticos paletos a los que hay que pillar en una foto, para que otros patéticos paletos puedan fiarse de ellos.
Un día no habrá desconfianzas y Hernán se quedará sin trabajo, se marchará de la ciudad y se hará pasar por un inútil, para que le den plaza en algún centro del desierto.

Hasta que ese día llegue, Sara tendrá que aguantar las salidas de tono, forma y fondo de un tipo de humor bipolar que nunca le ha preguntado si tiene novio como hace el resto de los tios; un tipo que se pasa los veinte minutos que está ella, dando vueltas por la casa y el porche, haciendo mil cosas a toda velocidad desde su silla de ruedas, intentando impresionarla desde ahí abajo.

Martirizándose con un plan que nunca se pone en marcha y que, sólo por eso, tiene toda la pinta de ir a funcionar.

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